Cómo hablar en público - Consejos para aprender

Recopilado por: C.L. Gonzalo Retamal Moya

Chile

Taller:  Cómo aprender a hablar en público.   Ya tenemos la presentación preparada, nuestro discurso nos parece claro, interesante, eficaz... Ahora necesitamos que todo se desarrolle sin ningún problema, que nuestras palabras fluyan sin trabas, que ningún imprevisto arruine nuestro esfuerzo.

Estamos organizados pero, ¿hemos pensado en cómo iremos vestidos? ¿en cómo nos dirigiremos al auditorio? ¿en cuál es la actitud más favorable que tenemos que adoptar?

La actitud   Adquirir la actitud más favorable para enfrentarse al auditorio no es posible si no te sientes bien preparado. Si has desarrollado las actividades de preparación a conciencia y sabes que lo que le contarás al público es interesante, ya tienes el primer paso para acercarte al concepto fundamental: la seguridad en ti mismo.

La seguridad en uno mismo es una actitud que muchas personas utilizan frecuentemente; en estos casos, los nervios se controlan y uno cree que puede llevar a cabo cualquier actividad con éxito. Sin embargo, a la mayoría de las personas nos imponen ciertas situaciones, queremos esforzarnos por hacer alguna cosa bien, pero nos cuesta convencernos de que saldremos victoriosos de la situación. Es en estos casos cuando tenemos que aplicar ciertas estrategias que nos liberen de la inseguridad.

Una de las premisas fundamentales es sentirse preparado. Si sabes que has invertido el tiempo suficiente en la preparación, los nervios y la angustia se mantendrán a raya. Antes de empezar la presentación, recuerda los ensayos, revisa el material y convéncete de que todo está bajo control.

Cuando hayas conseguido ‘hacerte fuerte por dentro’, piensa en cómo mostrarás esta seguridad ante los demás. Ten en cuenta que los extremos sólo gustan a una minoría y que mostrar un exceso de seguridad puede dañar tu imagen. Se trata de que estés tranquilo, no de que resultes pedante. Para equilibrar la balanza concéntrate en el concepto de sencillez. Acepta tus limitaciones y afróntalas, pero no las anules del todo; no es preciso que te convenzas de que eres ‘el mejor’ ni de que el mundo gira a tu alrededor. La sencillez también te ayudará a no subestimar al auditorio y a hablar con dignidad. Nunca olvides que las personas que te escuchan y que te están prestando atención, no tienen porqué soportar tus aires de grandeza.

Una vez tengas controladas estas dos premisas, seguridad y sencillez, intenta encajar en ellas tu propia identidad. No reprimas tu talante natural; se trata de que te comuniques, de que expreses y transmitas tus conocimientos, nadie espera que representes ningún papel. Es muy desagradable ver a un ponente actuando como si estuviera en un teatro, pierde credibilidad y por tanto la misión no se lleva a cabo con éxito. Conseguir que la credibilidad esté presente en tus palabras es primordial y la mejor forma de potenciarla es mostrándote seguro de que lo que dices es correcto, coherente y veraz; sólo lo conseguirás si has preparado bien la presentación.

Armas de seducción.    Toda comunicación pública va acompañada de un ingrediente fundamental: la seducción. Cuando en los medios de comunicación, en especial en la televisión, vemos y oímos a los personajes públicos hablando, comunicando, formamos un juicio de valor. Este juicio de valor marcará nuestra opinión sobre este personaje en base a varios aspectos: la credibilidad, la simpatía, la calidad humana, la tolerancia, la educación...

Los mecanismos mediante los cuales un comunicador consigue transmitirnos valores positivos son diversos y dependen en gran medida del contexto; si estamos viendo un programa de televisión lúdico o humorístico valoraremos positivamente cosas distintas a si estamos viendo un programa de debate o un informativo.

En el caso de las presentaciones ante los socios, ellos como espectadores y oyentes valorarán positivamente:

v      El sentido del humor y la sonrisa. Estas armas deben ser utilizadas con moderación puesto que puede parecer un tanto ridículo un ponente que no deje de sonreír. Sin embargo, amenizar una comunicación con algún tic de humor o de ironía resulta atractivo para el auditorio, siempre que se mantengan las normas básicas de respeto (por ejemplo, nunca tendrán lugar comentarios machistas, racistas o ‘políticamente incorrectos’). Además, el sentido del humor es también una de las soluciones para salir airoso de situaciones complicadas; si uno se tropieza, tiene que ser el primero en reírse de sí mismo.

v      Que el ponente tenga un aspecto aseado y respetable (esto no quiere decir que tenga que ir vestido obligatoriamente con traje y corbata, sino, simplemente, que su atuendo se corresponda con la ocasión). Si, por ejemplo, el encuentro se efectúa en lugar paradisíaco, no tenemos porqué cargar con la americana, pero posiblemente tendremos que evitar las bermudas porqué, aunque el ambiente sea distendido, se trata de transmitir nuestros conocimientos y esperar que nos escuchen y no duden de lo que digamos.

v      Que se muestre afable, simpático y tolerante; pero, ojo, afable y simpático no quiere decir lo mismo que dicharachero o impertinente. Recuerda que, a veces, por ser simpático, se puede ofender al que escucha o caer en la impertinencia. La simpatía irá siempre de la mano del tacto, que tiene como base fundamental la prudencia. El esmero puesto en la comunicación. A veces se da el caso de que la audiencia disculpa algunos deslices (como el hablar sin modular la voz, desarrollar un discurso de forma rápida, ciertas escenas atropelladas, fallos en el sistema de proyección...) debido al esmero puesto por el ponente; aunque en estos casos podemos considerar que la comunicación puede resultar un tanto inefectiva, la valoración del ponente puede ser positiva debido a la simpatía que produce ver a alguien preocupado por ‘hacerlo bien’.

v      La gracia innata y la elegancia. Nos guste o no reconocerlo, es cierto que la gracia innata es un factor que se suele valorar positivamente; con este concepto un tanto etéreo nos referimos al feeling, a aquello que no sabemos porqué pero nos predispone a escuchar a aquella persona. Aunque se trate de un don, la gracia se puede cultivar pero es peligroso, pues puede parecer que actuamos y que no nos mostramos tal como somos, con lo que perdemos una de nuestras armas fundamentales: la naturalidad.

v      La relación que mantiene con su interlocutor. Sobretodo en el momento de ‘ruegos y preguntas’ en el que se pretende generar el debate, el ponente tiene que mantener una actitud tolerante y respetar los turnos de palabra. En ningún momento se tendría que ofender o ridiculizar ninguna de las participaciones. Éste es uno de los momentos clave en los que se puede caer en la pedantería, la condescendencia y la impertinencia. El espectador valora positivamente un diálogo basado en la tolerancia y el respeto por los turnos de palabra; el tono de voz moderado, sin gritos ni intrusiones; las aportaciones de significado vs. el ‘hablar por hablar’.

El Tratamiento.  ¿Con qué fórmulas nos podemos dirigir a los oyentes?  En el momento de hablar a un auditorio, muchas de las normas que suelen regir el tratamiento de ‘tú’ y de ‘usted’ se diluyen. Lo primero es tener en cuenta que estamos utilizando el plural; lo segundo es valorar el tipo de auditorio que está ante nosotros: ¿se trata de un auditorio más joven? ¿son desconocidos? ¿suelo hablar con estas personas de una forma afable? Las respuestas a estas preguntas nos conducirán a una forma correcta de trato.

De todos modos, y antes de establecer las normas básicas del ‘tuteo’ y del tratamiento de ‘usted’, uno de los consejos que puede sernos más útil es el de utilizar los vocativos colectivos y el tratamiento impersonal. La inclusión del orador (el que habla) dirigiéndose a la audiencia  que escucha (simplemente utilizando la fórmula ‘nosotros’) es un modo eficaz de dirigirnos con respeto al auditorio.

A lo que se enfrentan los participantes.  El mayor problema que el principiante debe vencer antes de hablar en público es el bloqueo previo a empezar. Antes de comenzar la presentación, el ‘novato’ está contando angustioso los minutos que le quedan para empezar; en la garganta se forma una terrible bola que nos impedirá hablar y actuar con naturalidad y los nervios parecen incontrolables; lo peor viene cuando oímos que nuestro predecesor en el turno de la palabra dice aquello de «en fin, esto es todo»...

Para pasar el bloqueo (o en casos extremos la aprensión ansiosa) de la mayor manera posible, sólo podemos hacer dos cosas: entrenarnos mentalmente para solventar el trance y adquirir experiencia. Como no podemos trabajar la segunda de las opciones, nos dedicaremos de lleno a la primera.

El bloqueo (que en algunos círculos se suele llamar trac) es producto de dos pensamientos que se alimentan entre sí como un círculo vicioso: la ignorancia de la técnica de hablar en público, y la creencia de que nunca aprenderemos a hacerlo con naturalidad. Por tanto, la intensidad de nuestro bloqueo podrá aumentar si sabemos que no hemos preparado nuestra presentación, que no le hemos dedicado el tiempo necesario.

En muchas ocasiones, durante la preparación de la comunicación, el ‘novato’ tiende a pensar que la naturalidad se consigue sin esfuerzo; que para ser natural y resultar espontáneo no se precisa preparación. Esta forma de afrontar el parlamento sólo tendrá resultados positivos en muy pocas ocasiones, cuando la persona posea realmente el preciado ‘don de hablar en público’. En la mayoría de los casos, si no preparamos adecuadamente nuestro discurso, el bloqueo puede ser total y, por tanto, nuestra actuación penosa. Si sabemos que nos resultará difícil hablar en público, lo mínimo que podemos hacer es aprender las técnicas que nos ayuden a reafirmar nuestra seguridad.

Para salir airosos de nuestra primera vez tenemos que adoptar una actitud positiva; pensar que nosotros podemos hacerlo bien y disculparnos los pequeños fallos que sabemos que tendremos. La humildad y el ser conscientes de que somos unos novatos pero que le ponemos voluntad nos ayudará a presentarnos con naturalidad y a aligerar el bloqueo.

Trucos y claves para enfrentarse al momento de la verdad.  Te recomendamos que leas esta lista algunas horas antes de la presentación. Recuerda que:

Es importante tu aspecto.

Una indumentaria que refuerce la seguridad en ti mismo puede ponértelo fácil. Aunque vayas vestido informal, presta atención a lo que te pones.

El porte.

Además de la indumentaria, recuerda que la postura muestra tu actitud. Una persona que habla con los hombros caídos da muestras de cierto pasotismo; un orador que se ‘encoge’ sobre sí mismo no demuestra seguridad; una persona demasiado envarada puede parecer presuntuosa. La clave está en buscar el término medio.

Resaltar tus virtudes.

Todos tenemos alguna virtud de la que estamos orgullosos. Cuando estés en la fase de preparación, identifica tus virtudes y estudia la forma de resaltarlas.

El ensayo.

No suprimas el ensayo ante el espejo y, a poder ser, ante algún espectador de confianza. Después de la prueba verás que te has dado cuenta de fallos y errores que no te serán difíciles de solventar. Recuerda también que el ensayo te servirá para ver si tienes bien preparada la presentación o darte cuenta de que aún la tendrías que trabajar más.

Observa al auditorio.

El auditorio habla en silencio. Si ves caras expectantes, interesadas o con expresiones comprensivas puedes adivinar que las cosas marchan bien. Si, por el contrario, ves expresiones aburridas o de fastidio, tienes que cambiar el rumbo de tu actuación o terminar. Tienes que conseguir a toda costa que no se lleven a casa una mala opinión de ti. Bajo ningún concepto.

El lenguaje corporal.

No olvides que cuentas con una de las herramientas más útiles para intensificar el discurso: los gestos. Sin exagerar, acompaña tu mensaje de movimiento, exprésate.

El sentido del humor.

El sentido del humor te puede salvar de situaciones imprevistas. Si te tropiezas, si no encuentras alguno de tus papeles, si el proyector no funciona... Siempre puedes recurrir a la risa para quitarle importancia a estos pequeños errores.

Actitud cercana al oyente.

Auque parezca difícil, tendríamos que pensar que estamos entre amigos. Tendríamos que conseguir que nuestra actuación nos mostrara simpáticos, afables, tolerantes y sencillos.

Si has leído la lista y has visto que tienes todos estos puntos controlados, te darás cuenta de que tu trabajo de preparación ha dado sus frutos.

Ventajas e inconvenientes de ser el primero o el último orador.  El tiempo es un factor importante en cualquier presentación o actuación ante un público. Además de vigilar que nuestra presentación se acomode al tiempo de que disponemos, debemos tener en cuenta el estado de concentración o de cansancio del público y las actuaciones previas o posteriores de los demás conferenciantes. Por este motivo, es importante que leamos con atención el programa del evento o que nos informemos del orden de presentaciones, de quiénes son los demás compañeros ponentes y de qué tratarán aproximadamente sus intervenciones.

Ser el primero

Ventajas

Inconvenientes

El público está fresco, con ganas de escuchar.

Si a la presentación del primer orador le siguen actuaciones muy brillantes de otros conferenciantes, es posible que su intervención quede soterrada.

Todos los temas están por estrenar. El primer orador podrá realizar la presentación sin tener que alterar su contenido. Tendrá la posibilidad además de abrir los temas claves y en ocasiones situarse como ‘guía’ del encuentro.

 

Ser el último

Ventajas

Inconvenientes

Se considera el orador más importante. Si la organización del evento es eficaz, habrá puesto en último lugar a un orador muy preciado, para que la gente se quede hasta el final.

La audiencia está cansada de escuchar y es posible que muchas de las personas estén haciendo planes mentalmente para después.

 

Es muy posible que los demás oradores ya hayan tocado los temas que el último orador quería tocar, así que no le queda más remedio que hacer una recapitulación.

De estas tablas deducimos que es mucho más positivo ser el primer orador; sin embargo, también tenemos que tener en cuenta otro factor que funcionará como variante: si la ronda de comunicaciones o conferencias es por la mañana, o por la tarde. A primera hora de la mañana, a no ser que sea de madrugada, la mayoría de las personas están aseadas, frescas, desayunadas y mentalizadas de que tienen todo un día por delante. Sin embargo, a primera hora de la tarde, después de comer, la atención disminuye y el sopor suele hacer mella en el auditorio. Por la tarde puede resultar negativo ser el primer orador. Ser el último orador por la mañana también puede ser desagradecido, además del cansancio de toda la mañana entra en juego el hambre (si son las 14.30 h. un importante sector del público puede estar pensando en comida). Está demostrado que a esta hora suele haber gran número de ausencias.

¿Leer o hablar?   ¿Mirar o no mirar?   Si no somos oradores expertos, es muy natural que nos planteemos la necesidad de leer el discurso, pero ojo, leer tiene muchos inconvenientes.

Una cosa tenemos que tener clara: nunca debemos olvidar al espectador.

En las siguientes tablas podemos ver las dificultades que comporta el leer nuestras notas o hablar ante nuestra audiencia:

Leer

Leer bien en público no es nada fácil si tenemos que tener en cuenta que nuestro objetivo no es que el público se adormile.

Nuestros objetivos

Los problemas que plantea

Tenemos que mirar constantemente a los espectadores (incluso a veces a los de la última fila)

Si tenemos que ir levantando la mirada es muy posible que perdamos de vista el punto de lectura.

Tendríamos que modular la voz y leer con naturalidad.

Leer con naturalidad sólo es posible si ensayamos. Caer en la sobreactuación o en la monotonía es muy fácil.

Reaccionar ante imprevistos no suele ser fácil: si estamos leyendo y alguna cosa nos interrumpe, tendríamos que ser capaces de enganchar el hilo de la presentación de una forma espontánea.

Al preparar un discurso escrito tendemos a utilizar expresiones demasiado formales que luego, al leerlas, resultan encorsetadas.

Hablar

Hablar a los espectadores es siempre lo más recomendable, aunque es peligroso. Sólo si somos oradores expertos podremos desarrollar la presentación sin ningún tipo de papel escrito.

Nuestros objetivos

Los problemas que plantea

Hablar con naturalidad.

Si no tenemos un apoyo textual, podemos bloquearnos, ponernos nerviosos y hablar tartamudeando, omitir partes importantes del discurso, utilizar muletillas...

Si nos hemos aprendido un discurso de memoria (previamente escrito) podemos caer en el error de leer mentalmente y presentarnos ante los espectadores como una máquina que habla.

Ofrecer un discurso ordenado y fluido.

Es conveniente que sólo queramos transmitir pocas ideas y procurar que queden bien claras. Tratar ordenadamente muchos conceptos es muy difícil sin ningún apoyo textual.

Vemos que los dos casos plantean numerosos problemas, por lo que no es recomendable seguir ninguno de los dos si no se es un orador experto. La solución menos arriesgada, como en tantas ocasiones, es adoptar una postura mixta: elaborar un guión o libreto con letras bien grandes y hablar mirando de vez en cuando la ‘chuleta’.

El guión tiene que estar muy bien estructurado y es muy práctico resaltar con colores las partes claves de la presentación y los temas ‘satélites’ que dependen de las ideas centrales. De esta forma, jerarquizando las ideas, no nos olvidaremos nunca nada importante y si fuera el caso de que nos hemos excedido en el tiempo y tuviéramos que acabar con prisas, podríamos referenciar rápidamente los temas que nos han quedado en el tintero.

¿Y si no funciona el proyector o el carro de las diapositivas?   Es importante que te hagas esta pregunta porque es síntoma de que estás preparando a conciencia tu presentación. Tienes que tener previstas todas las alternativas, aunque no te encuentres en la necesidad de echar mano de ellas, te aportarán seguridad, harán que te creas que lo tienes todo controlado.

Si pretendes hacer la comunicación apoyándote en una presentación que tienes en el ordenador y que después tendrás que proyectar, es importante que traigas contigo un par de copias impresas. Si el ordenador o el proyector falla, lo primero que tienes que hacer es intentar arreglarlo. Piensa que no sólo te fallará a ti, sino a las personas que intervendrán después. Llama a alguno de los asistentes de sala y pregunta cómo se puede arreglar. Si ves que la interrupción puede ser superior a 5 minutos deshecha la posibilidad de hacer la presentación con este recurso y procura que arreglen el aparato durante las pausas de la sesión, tienes que procurar que el problema no se haga eterno y canse a los espectadores. Si no se puede solucionar, no hay más alternativa que hacer la presentación sin estos recursos; la única forma es hablando utilizando las copias impresas como guión. De todas formas, tienes que pensar que entonces tendrás que hacer más hincapié en las divisiones temáticas de la presentación y que los gráficos e ilustraciones no los podrás mostrar adecuadamente. Las copias impresas te servirán para poder decir algo así como:

Este recurso siempre queda bien, aunque realmente después de la sesión son pocas las personas que se acercan a consultar.

Si resulta que gran parte de nuestra presentación está apoyada en las ilustraciones y se estropea el carro de diapositivas tendremos que convertirnos en buenos organizadores. El objetivo es que todos los asistentes puedan ver la ilustración y seguir nuestras explicaciones... ¿Cómo lo haremos? Para la siguiente solución tendríamos que haber sido previsores y tener todas las diapositivas impresas en papel. Cuando estemos convencidos de que el carro de diapositivas está inutilizable (después de haberlo intentado arreglar) tendremos que llamar a uno de los ayudantes de sala (o salir a buscarlos en un momento) y preguntar si existe la posibilidad de hacer fotocopias de alguna de las ilustraciones (selecciona sólo las más relevantes). Si te dicen que en diez minutos las tienen, puedes proponer a los demás conferenciantes que te cambien el turno y, si aceptan, ya tienes el problema resuelto. Si eres el último o el único orador tendrás que lanzarte a la piscina y empezar a expresar las ideas claves «que después comprobaremos en las ilustraciones».

De todos modos, para evitar estos problemas, antes de empezar la sesión tendríamos que asegurarnos de que se ha revisado correctamente el funcionamiento de los aparatos.

¿Y si alguien se distrae o moleste la atención de los demás?   En según qué contextos (sobretodo al hablar a los más jóvenes) puede ocurrir que se encuentre entre el auditorio algún personaje inquieto que desvíe nuestra atención y la del resto de oyentes. Esta persona puede distraernos de muchas formas: puede no parar de moverse, puede hacer muecas peculiares, puede entablar conversación con otro oyente y producir un molesto murmullo... ¿Cómo debemos actuar? ¿Le tenemos que llamar la atención?

Tenemos que vigilar y mantener la sangre fría porque aquí nuestra actuación es definitiva; si escogemos una solución poco adecuada, podemos encontrarnos con que todo nuestro trabajo de preparación se vaya al traste. Con un poco de suerte, y si estamos realmente diciendo cosas interesantes, puede pasar que sean los demás oyentes los que hagan callar al ‘molesto’, a veces con un solo tsh indicado con el dedo índice en los labios. Esto sería lo mejor que nos podría pasar, no sólo porque se nos termina el problema, sino porqué esta actuación es un síntoma de que nuestra actuación es agradable y suscita el interés del auditorio. Si los demás oyentes, como suele pasar, adoptan una postura menos activa, tendremos que calibrar varios aspectos para tomar una decisión:

 

¿El ‘molesto’ está actuando de mala fe?

 

¿Está distrayendo a varios espectadores?

 

¿Los demás espectadores le hacen caso? (si es que sí, corremos el grave riesgo de que se nos alborote todo el auditorio).

 

¿Intuyes que se tratará de un estorbo continuado?

Si todas estas preguntas tienen una respuesta afirmativa, tenemos que actuar con decisión. No se trata de que riñamos a nadie (aunque seguro que nos gustaría), sino simplemente de llamar la atención para recobrar el interés de la audiencia. Frases del tipo «¿hay algún problema?» bastarán para aplacar al ‘molesto’ inconsciente (el que no se ha dado cuenta de que molesta); sólo en algunos casos extremos recurriremos al «si le parece podría solucionar sus problemas fuera de la sala». De todos modos, la regla que prevalece en estas situaciones es la de actuar con sentido común.