PAULITA SE PREPARA PARA NAVIDAD
Adaptación de Gabriela Kast a un Relato de autor desconocido.
Todos
los años, al aproximarse la fiesta de navidad, acontecía algo singular
en Paulita. Cuenta
su mamá: "Cuatro
semanas antes de Navidad, Paulita dice adiós a sus juguetes y se
transforma en una niñita tan obediente que encanta.
Pero con la llegada del Año Nuevo vuelve a ser la niña de
siempre". Admirada,
la madre contempla estos cambios tan bruscos.
Ni ella, ni el papá y ninguno de los amiguitos más íntimos de la
pequeña saben dar una explicación a ese hecho extraño.
Solamente Dios conoce su secreto. Cuando
Paulita tenía cinco años, su abuela le contó que el Niño Jesús había
nacido tan pobre que no tenía, como los otros niños, una cunita
calentita, sino que lo habían dejado en un frío establo, en pleno
invierno. Lágrimas de
compasión corrieron por las mejillas de la niña: ¡Pobre Niñito Jesús,
sin colchón, sin abrigo! ... ¡ Y Jesús era el Hijo de Dios!... ¿Qué
se podía hacer? -¿No
te gustaría ofrecerle una camita blanda y frazadas abrigadas? - le
preguntó con mucho interés la abuelita? . ¡
Cuánto me gustaría abuelita! Pero, ¿cómo puedo hacer yo todo eso? -
Escucha.
Cada sacrificio que hagas será una pluma para la almohada y para
el colchoncito de Jesús y cada oración una hebra de hilo para las
sabanitas. Faltan cuatro
semanas para el nacimiento. Todavía
tú puedes, en este tiempo prepararle una camita
blanda y calentita. Este
fue el secreto que Paulita guardó con tanto cariño y que nunca olvidó.
Después de algún tiempo, el buen Dios se llevó la abuelita al
cielo. Paulita lloró
amargamente; ahora no tenía a nadie que le ayudara a preparar la cunita
del Niño Jesús. Finalmente
después de pensar mucho, recordó que seguramente la abuelita, desde el
cielo, contemplaba su trabajo y vería si ella lograba juntar muchas
plumas para el colchoncito del Niño Jesús. Cuando
la mamá colocaba la Corona de Adviento en el comedor y encendía la
primera de las cuatro velas, Paulita comenzaba a juntar plumitas y a
fabricar hilos, para la camita del Niño Jesús. Al principio esto no fue
fácil, pues no podía encontrar nada, no sabía qué sacrificio podía
hacer. Un
día, durante el juego, Antonia, una de sus compañeras, para molestarla
le dio un fuerte pelotazo en la espalda, y cuando Paulita estaba a punto
de pagar con la misma moneda, oyó en su interior una vocecita que le decía:
"No le tires la pelota a
Antonia, soporta el dolor por Mí. Has un sacrificio". "Ahora
- pensó Paulita - ahora ¡ Sí Señor !, estas son tus plumitas, los
sacrificios para el Niño Jesús". No
tiró la pelota y así recogió la primera pluma que guardó en su corazón,
en un cofrecito celestial. Aquella
misma tarde cuando su madrina le dio un chocolate, ella ya sabía que es
chocolate tenía que ser cambiado por una plumita para el colchón
del Niño Jesús. En vez de comérselo, lo dejó en un bolsillo del abrigo de
su hermanito. Al
día siguiente ayudó a sus mamá llevando un canasto de ropa al lavadero
y allí trabajó con ella toda la mañana, tanto que su mamá quedó
admirada y la besó suavemente. Todo
se transformaba en plumas para el pesebre: dulces, sacrificios y
oraciones. En
la tercera semana de Adviento, cuando se encendió la tercera velita,
Paulita ya había juntado treinta y nueve plumitas. "¿Bastarán?",
reflexionó.... Como no sabía si treinta y nueve plumitas serían
suficientes para hacer un colchón, sacó calladita el colchón de la muñeca
de su hermana y fue al sótano. Allí
con toda calma abrió una de las costuras y sacó treinta y nueve plumas.
Pero quedó desilusionada al ver el pequeñísimo montón. No
había juntado ni la mitad de lo que necesitaba. Tan poca cosa no bastaría
para calentar al Niñito Jesús, al Hijo de Dios.
"No importa", pensó y con un suspiro puso otra vez las
plumitas en el colchón. Desde
ese momento la dominada un solo pensamiento: "¡Más Plumas!
¡Necesito juntar más plumas, si no el querido Niño Jesús pasará
frío!". ¡
Cómo se esforzaba la niña! Vivía
atenta para no perder ninguna ocasión de hacer un sacrificio.
Durante este tiempo ella fue la más amable de las compañeras, la
más servicial, especialmente frente a aquellas que no le gustaban y hasta
hubiera sido capaz de decirles que hicieran cualquier cosa para así tener
la ocasión de juntar otra plumita. ¿Comprenden
ahora por qué en cada Adviento Paulita deja de lado sus juguetes?
Su tesoro secreto crecía siempre más.
El Niño Jesús, ¿ no debería tener también sabanitas?
En la cama de Paulita había dos y además la abuela le había enseñado
cómo hacerlas. Cada vez que
rezara, sería una hebra de hilo para las sábanas del Niño Jesús.
Ahora
Paulita agregó a las oraciones de la mañana y de la noche un Ave maría
y cuando miraba el cuadro que colgaba de la pared sobre la cama, pensaba:
"Mi corazón es sólo de Jesús". En
el camino a la escuela cuando pasaba por la Iglesia, se encontraba con una
imagen de la Virgen y el Niño Jesús en brazos. Paulita vio que las
flores estaban allí muy marchitas. Desde
ese día llevó todas las mañanas un ramo de flores a la Iglesia y lo dejó
a los pies de la Santísima Virgen. Después,
rezó todas las oraciones que sabía de memoria, recordando que cada una
sería una hebra para las sabanitas de su querido Jesús. Finalmente
llegó la Navidad, la hermosa Nochebuena. Paulita estaba arrodillada muy
cerca del pesebre, en una dulce conversación con el Niño Jesús: "Estas
recostado sobre paja, pero en mi corazón, querido Niñito Jesús, hay
muchas plumitas para calentarte. Tengo
dos sabanitas para cubrirte. Ven
Niño Jesús, ven a mi corazón; te va a gustar la camita calentita y
blanda que te he preparado". Y
el Niño Jesús entró alegremente en el corazón de Paulita.
|