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Recopilado por: CL. Ricaurte E. Saval
Panamá
Por: Alfonso Aguiló
Autor.
La tolerancia, entendida como respeto y a
la vez consideración hacia los demás y hacia la diferencia, como una
disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar muy
distinta a la propia, ó como una actitud de aceptación del legítimo
pluralismo, es a todas luces un valor de enorme importancia en estos
días.
Estimular en este sentido práctico la tolerancia, puede contribuir a
resolver muchos conflictos y a erradicar muchas violencias. Y, como
unos y otras son noticia frecuente en los más diversos ámbitos de la
vida social, cabe pensar que la tolerancia es en sí misma es un valor,
que -necesaria y urgentemente- hay que promover entre las personas del
mundo.
Sin embargo, promover una acertada aplicación de la tolerancia, es algo
extremadamente difícil y complejo, que conviene analizar con mucha
calma y paciencia, sin trivializarlo, para no caer entonces en
simplistas reduccionismos, que no nos llevaran a ningún lado en
especial.
En primer lugar, la tolerancia tiene su justa medida. A nadie se le
ocurre que haya que tolerar: el robo, la violación, el secuestro, ó el
asesinato. Ni nadie cree de verdad que imponer la ley ó un sistema de
autoridad haya de considerarse como una manifestación de intolerancia.
Si nos dejamos llevar por esos errores, terminaríamos bajo la ley del
más fuerte. Sería casi imposible establecer un sistema de Derecho ó
cualquier tipo de ordenamiento jurídico. Sería como la ley de la selva.
No habría forma de vivir pacíficamente en sociedad. Promover la
tolerancia no es tolerarlo todo, porque evidente que no se puede
permitir todo de los demás.
Por eso, ni siguiera el anarquismo más radical ha considerado la
tolerancia como algo ilimitado, puesto que sólo con imaginar un
colectivo humano en el que todo debiese ser tolerado, es fácil
comprender que sería un caos completo y absoluto. La tolerancia ha de
tener unos límites.
Una interpretación superficial de la tolerancia, la llevaría a su
ruina: al escepticismo del todo vale. La verdadera y auténtica
tolerancia -como se ha señalado no se fundamenta en el escepticismo,
sino en una firmeza de principios, que se opone a la indebida exclusión
de lo diferente.
La tolerancia no es una actitud de simple neutralidad, ó de
indiferencia, sino una posición resuelta que cobra sentido práctico,
cuando se opone a su límite, que es lo intolerable. La cuestión es
-acertar con una noción de tolerancia que no sea simplemente fruto del
cansancio intelectual ó de la indiferencia, y que logre equilibrar los
derechos de la verdad con los de la conciencia individual.
Aunque acabamos de referirnos a la tolerancia como un espíritu de
apertura y de respeto hacia la diversidad, a la hora de hablar de
tolerancia, lo difícil, y lo importante es profundizar en su sentido
más específico: la tolerancia del mal.
Podría decirse que la palabra tolerancia se aplica con toda propiedad
cuando se refiere a la tolerancia del mal. No suele decirse en el
lenguaje corriente, que uno tolere que le haya tocado la lotería, haya
aprobado unas oposiciones, juegue muy bien al baloncesto, ó tenga muy
buena memoria; no se habla de que lo tolere, sino más bien de que tiene
la suerte, ó el mérito, de contar con eso, que para él son bienes.
En el sentido estricto, no debería hablarse de tolerancia como respeto
a la legítima diversidad, puesto que la legítima diversidad debe ser
respetada y no simplemente tolerada, aunque pueda costarnos mucho
aceptarla. Ser alto ó bajo, rubio ó moreno, pertenecer a una u otra
raza ó clase social, ser seguidor de tal ó cual equipo de fútbol, etc.,
no parecen en principio, diversidades que deban ser toleradas, sino
simplemente respetadas.
El problema surge, como decíamos cuando esa diversidad deja de ser
legítima, ó entra en colisión con el bien común, ó con los derechos
inalienables de los demás, y comenzamos a adentrarnos en el proceloso
mar de la tolerancia del mal.
¿Debe tolerarse la esclavitud? ¿Y, si hay personas que apelan a su
libertad para tener esclavos, e incluso también personas dispuestas a
aceptar ser esclavas?
¿Debe tolerarse la tortura? ¿Qué debe decirse a quien alegue su
-supuesta- eficacia para la policía? ¿Y, a quien sostenga que en sus
convicciones personales se trata de un método perfectamente legítimo en
su guerra sin cuartel contra la delincuencia?
¿Deben las leyes tolerar la poligamia? ¿Y, si hay personas -marido y
mujeres- que apelan a su libertad para que se les permita formar ese
género de unión? ¿Qué se puede argumentar, por ejemplo a quien
considere la prohibición de la poligamia, como un atentado contra las
profundas raíces culturales y religiosas de un pueblo?
¿Debe permitirse -como sucede en algunos lugares- que unos padres
practiquen determinadas mutilaciones sexuales a algunos de sus hijos,
siguiendo antiguos ritos ancestrales? ¿Qué razones se pueden dar para
prohibirlo, si argumentan que se trata de una costumbre milenaria,
aceptada por toda la tribu?
¿Y, si unos padres se niegan a que su hijo, menor de edad, reciba una
transfusión de sangre y muere por ello, en la flor de la juventud?
¿Cómo es conciliable la libertad religiosa con el hecho plausible de
que un juez salve al vida del niño autorizando dicha transfusión, en
contra de las creencias de sus padres?
¿Debe tolerarse la producción y el tráfico de drogas? ¿Por qué no
respetar la libertad de esas personas para cultivar lo que quieran en
sus tierras, y luego venderlo, acogiéndose a las reglas básicas del
libre mercado? ¿Y, con el tráfico de armas? ¿Y, con los productos
radioactivos?
¿Debe tolerarse la mentira? ¿En qué ocasiones ó circunstancias?
Son diversos ejemplos, que podemos aplicar cuando hablamos de la
tolerancia, que expresan un poco la complejidad del problema en
mención, y que nos previenen contra una interpretación simplista de las
cosas comunes que las personas hacen en su vida diaria.
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