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Adaptación realizada por: CL. Gonzalo Retamal Moya
Chile
Por Vianney Vallenilla de Barboza.
Instructora en temas como: Calidad y Servicio, Supervisión, El lenguaje
del Líder, Excelencia y Crecimiento personal, etc.
El desaliento es como un pulpo que amenaza, que está ahí, silente,
esperando con sus tentáculos prestos para atraparnos, para robarnos la
voluntad.
Es un poderoso enemigo que acaba con cualquier individuo que no esté
alerta, que no viva activo y motivado.
El desgano se origina cuando nos descalifican, y nos inducen al fracaso,
cuando nos dicen que no podemos lograr tal o cual cosa, o cuando
nosotros mismos nos convertimos en los verdugos del propio Ser, y
apostamos a la desmotivación.
Es bien sabido, que todos de una u otra manera hemos pasado alguna vez
por estas situaciones.
Es como si nos extrajeran el aire de nuestro globo personal y, poco a
poco como el crepúsculo de la tarde, pereciéramos sin defensa. Con cada
hecho nefasto, escollo, o supuesto fracaso, nos vamos "desinflando" y
lentamente perdemos esa sobriedad, ese garbo que da la satisfacción del
logro, y nos instalamos en los terrenos de la baja autoestima, de una
manera tan patética que terminamos creyendo en las predicciones de los
falsos oráculos: "Ese era tú destino."
Y esto, no es una suerte. No se nace con estrellas o se viene a este
mundo "estrellado", sino más bien es cuestión de identificar las
verdaderas causas que impiden alcanzar las metas para convertirnos en
triunfadores.
De hecho, son muchos los motivos que originan el desaliento o desgano:
En primer lugar, tenemos las limitaciones que nos imponen los demás
desde su propia perspectiva. Los que miran a los otros a través de sus
primitivas actitudes de escasez o fracasos. Son esos misiles de desgaste
y desmotivación que oportunamente son lanzados con las sentencias "no
podrás hacerlo", "es difícil", "no es el momento", "nacimos pobres",
"así es la vida", "hay que conformarse" y otras frases no menos
alentadoras.
Asimismo, por otra parte, tenemos el miedo, ese temor que nos convierte
en seres inseguros, que se origina por la ignorancia y el
desconocimiento. Se alimenta de las actitudes de reserva y amilanamiento,
las mismas que se fueron fortaleciendo desde la infancia, cuando
nuestros padres o aquellas personas mayores con las cuales crecimos,
cercenaban la virgen iniciativa, propia de un ser que actúa movido por
la curiosidad y el deseo de comprender, al sumergirnos en un mar de
prohibiciones y reglas: "no toques, no preguntes, no hables cuando lo
hagan los mayores, cuidado lo rompes", y otras por el estilo.
Es ese miedo que captamos desde muy pequeños cuando crecemos cerca de
personas que nunca se atrevieron, que jamás desafiaron los caducos
paradigmas, que se instalaron sedentariamente en parcelas de
conformismos, que creyeron plenamente en la suerte de unos y las
desdichas de los otros, que perpetuaron el modelo "los de arriba y los
de abajo." Esas son las personas que abanderan al desaliento, que lo
consideran una herencia, un legado, incluso a sabiendas que el miedo
paraliza, estanca, aliena y conduce al fracaso.
Afortunadamente, el mundo evoluciona. El ser humano cada vez más
consciente de sus potencialidades está abocado a dejar atrás toda esa
carga de conformismos y desalientos y se abre con optimismo a otra
suerte de crecimiento y satisfacciones. Se desviste de esas capas que
por años lo arroparon y limitaron sus capacidades.
Ahora corre, busca, investiga y procura su felicidad, pues ha
descubierto que es un ser capaz de lograrlo todo, si le pone la energía
y la voluntad requerida para alcanzar sus propósitos.
Reconoce que los cerebros y los corazones no distinguen de clases
sociales, que las oportunidades existen si las sabemos buscar, pues hay
personas que teniéndolo todo no hacen algo productivo y otras, que sin
tener absolutamente nada, se convierten en edificadores, en
constructores del éxito.
Siempre me he imaginado que cuando Dios creó a los hombres abrió sus
manos y dijo: "hijos míos, vayan en busca de su felicidad," entonces
unos corrieron a toda prisa, otros recogieron el paso, pues pensaban
¿para qué apurarse? y algunos se detuvieron en el camino, dado que se
fatigaron antes de comenzar. Estos últimos son los creadores o pioneros
del desaliento.
Es cierto, algunas personas logran sus propósitos con mayor rapidez o
facilidad, pero eso no es razón para que desistamos de nuestros
objetivos, porque aquello que logramos con esfuerzo, y sacrificio
conlleva a inyectarnos una invalorable dosis de aliento.
En consecuencia, es perentorio que nos llenemos de alegría, confianza y
seguridad.
Derrotemos al temor y al desaliento.
Resistamos las críticas, aprendamos de ellas para reconocer las
debilidades particulares.
Corramos a buscar esa felicidad que Dios nos encomendó.
No esperemos a sentir pena por nosotros mismos, cuando al final de
nuestros días tengamos que hacer un balance y los "debes" sean mucho más
que los "haberes" en esa cuenta personal que es la vida propia.
Son infinitas las maneras de crecer, de dejar dignas huellas. No
perdamos antes de empezar, no nos cansemos antes de comenzar a recorrer
el camino. ¿Miedo a qué?
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