Los Líderes de grupos y equipos

Recopilación por:

CL Gonzalo Retamal Moya

Chile

 

Los Líderes de Grupos y Equipos. Un líder puede administrar un grupo o un equipo. Todos los sistemas humanos o sociales, todas las organizaciones, estados, asociaciones y comunidades pueden ser asimiladas a esta dupla y por lo tanto, podemos decir que se trata de grupos o equipos.

La diferencia esencial entre un grupo y un equipo reside en el conjunto de objetivos que conforman el fin último de cada organización.

Los grupos tienen como objeto la existencia de ellos por ellos mismos, mientras que los equipos poseen objetivos bien definidos y de naturaleza manifiestamente competitiva.

Por otra parte en su forma sana y según ya hemos visto en otros ensayos, los equipos deben subordinarse a los grupos porque estos últimos le brindan un marco referencial a los primeros.

Si se invierte la relación, entonces los grupos pasan a ser funcionales a los grupos y sus objetivos, estructuras es decir, la sinergia que les caracteriza se altera. En términos sociales, ello se traduce sencillamente en problemas de todo tipo y por eso es que la relación de supremacía de los grupos sobre los equipos debe mantenerse.

De acuerdo a esto podemos empezar a analizar qué impacto puede tener un líder que gobierne un grupo o un equipo, o bien de qué manera alguien que desee ser líder puede influir sobre un contexto general partiendo de la base de que liderará o bien un grupo o bien un equipo.

Como he aclarado hace unos instantes, los grupos son más generales que los equipos pero esto últimos se orientan más hacia las cosas bien definidas. De esto se puede deducir que quien administre un equipo deberá ser un individuo altamente especializado, y quien administre un equipo, una persona capaz de entender la sutileza de lo tenue, vago e intangible pero que cuando se entrelaza conforma lo intrincado que es, por ejemplo, el tejido social de una nación.

Es decir que no por parecer algo abstracto, el hecho de hacer lo que podríamos denominar como una auténtica 'política de estado' sea menos importante que obtener los logros que la inmediatez de los equipos reclama.

Un verdadero estadista, entonces, es alguien esencialmente diferente que un líder competitivo; esto no quiere decir que uno no puede transformarse en el otro, pero sí que es indudable que ambos casos requieren de una orientación en el liderazgo claramente distinta.

El líder capaz de convertirse en un 'campeón' es aquel que dirige un equipo de forma competitiva y exitosa. Este tipo de líder sabe esencialmente de forma intuitiva o explícita cómo se vence en una disputa, pues la competencia es eso.

El hecho de vencer se relaciona principalmente con dos cuestiones: una, la definición de lo que es una victoria, y en segundo lugar, la valoración de los medios o métodos empleados para obtenerla.

Desde un punto de vista puramente práctico y que ignora este segundo factor, quizás uno de los mejores ejemplos históricos de lo que implica ser un líder campeón es el que nos describe Maquiavelo en 'El Príncipe' cuando nos comenta cómo es que César Borgia procedía. Nietzsche también nos dice que 'No existen fenómenos morales sino interpretaciones morales de los fenómenos'.

De esto podemos concluir que ambos autores, al estudiar la cuestión del liderazgo desde lo que podríamos concebir como el análisis de la victoria, se plantea un dilema esencialmente práctico - moral en el cual la percepción de lo que se debe hacer versus lo que se quiere hacer se convierte en fundamental, pero ambos parecen sostener que la aplicación de la ética o la moral en el liderazgo no es precisamente una función o necesidad del líder de un equipo, sino de los árbitros que les deben controlar.

En todo poder ejecutivo hay algo de liderazgo de equipos, y como algún presidente norteamericano afirmó alguna vez, la historia humana parece resumirse en una constante lucha entre los poderes ejecutivos y la gente.

Dicho en otras palabras, en base a razonamientos lógicos avalados por diversos autores y la evidencia histórica de la que disponemos, podemos concluir que el líder de un equipo que desee ser eficiente debe ser también un individuo despiadado pero calculador, pues no debe caer en el uso poco sabio de su fuerza si es que desea preservarse.

La historia - precisamente - nos muestra muchos casos en los que el concepto que Nietzsche y Maquiavelo buscan transmitir respecto de lo que para ellos debe ser un líder de naturaleza práctica se confunde con la crueldad innecesaria.

Ya el autor italiano nos advierte que 'las crueldades mal cometidas son aquellas que se incrementan con el tiempo', y con esto quiere decir sencillamente que no se debe confundir a la predisposición a aplicar determinadas medidas con el deseo de hacerlo.

Estos líderes se ven amenazados principalmente por ellos mismos, como un veneno que es venenoso para sí mismo, pues la predisposición a ejercer esta forma de auténtica 'justicia natural' lleva, en efecto, a la contradicción con la justicia de los grupos.

En otras palabras, los líderes de equipo eficientes deben ser pragmáticos por definición, pero esto les puede llevar a intentar sobrepasar prerrogativas y violar las leyes o normas de los grupos que contienen a los equipos que dirigen, y es por esta razón que esencialmente, los 'campeones' no sirven para trasladar ese vigor que los ha llevado a tal posición en logros equivalentes que satisfagan a las propias sociedades que les admiran.

Cuando aparece un líder de esta naturaleza, muchas veces son sus propios seguidores los que cometen el error de pretender convertirles en líderes de grupo por un mecanismo que en lógica se conoce como 'Argumentum ad verecundiam' o apelación a la autoridad, por el cual se asume o presupone que el éxito como campeón de uno de estos individuos pasará por transitividad a una esfera grupal o social, pero esto nunca puede ser así salvo que el campeón tenga en sí mismo también una cierta naturaleza profética, en el sentido que le asigno al término 'profeta' en este ensayo.

Esta naturaleza dual solamente se puede observar en muy pocos casos y generalmente por tiempo muy limitado: Julio César y Napoleón constituyen dos ejemplos de líderes eminentemente victoriosos que también pudieron lograr como estadistas, es decir, en un contexto grupal, muchas medidas acertadas.

Pero como la historia nos relata claramente, ambos líderes cometieron en la esfera social numerosos errores que les llevaron no solamente a sus definitivas y sendas derrotas, sino que también alteraron innecesaria y perjudicialmente la naturaleza de los grupos a los cuales debían servir, pues con Julio César se acabó la república en Roma, y con Napoleón se destruyó a Francia y a gran parte de Europa.

En términos cotidianos, esto quiere decir que los militares, empresarios, atletas y otros vencedores de éxito por definición, difícilmente se conviertan en estadistas en un verdadero sentido de la palabra, y no hace falta molestarse demasiado o se tardaría mucho para encontrarnos con numerosos ejemplos de individuos exitosos en sus profesiones o talentos que luego, al intentar convertirse en adalides de sus ciudades o naciones, al adquirir relevancia pública o cargos políticos, sencillamente fracasan.

Esta conclusión, que ciertamente no resulta agradable para dos clases de personas: en primer lugar, todo aquel que perciba que directa o indirectamente se encuentra subordinado a un líder de equipo puede ver en esto una justificación intelectual de la crueldad, lo cual no es así pues no se trata de una valoración moral sino de una descripción de la realidad, y en tal percepción de temor se olvida algo que analizaré un poco más adelante.

Pablo Edronkin