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Recopilación de Curso sobre Liderazgo:
CL Gonzalo Retamal Moya
Chile
La Verdad acerca de las Excusas. Alguna vez
escuché de un gran escritor decir que no había necesidad, por grande que
pareciera, que justificara inventar una excusa. "Tus amigos no las
necesitan y tus enemigos no las van a creer de todas maneras, entonces
para que darlas."
Sin embargo, todos los días escuchas
personas dando excusas por todo. Excusas por llegar tarde, excusas por
olvidar citas pendientes, excusas por no hacer suficiente ejercicio,
excusas de por qué no han logrado el éxito económico deseado, excusas
sobre por qué sufren de exceso de peso.
Todas las excusas buscan justificar algún tipo de acción mediocre que
hemos cometido o que estamos cometiendo. ¿Cuántos de ustedes conocen por
lo menos a una persona que en algún momento, tratando de explicar un
fracaso, no ha apuntado su dedo, buscando culpables a su alrededor?.
Lo cierto es que la mayoría de las personas poseen un variado arsenal de
justificaciones, excusas, mitos, mentiras, suposiciones, y disculpas
para justificar cualquier tropiezo. Curiosamente, lo único que todas
estas excusas parecen tener en común es que sitúan la culpabilidad fuera
de la persona misma. Para la persona mediocre, su fracaso es el
resultado de la discriminación, o del sistema, o de la falta de amor por
parte de su familia, o de apoyo por parte de los amigos, o de la envidia
de los demás, o simplemente de la falta de oportunidades. Los menos
atrevidos culpan al destino, mientras los más sofisticados culpan a la
situación económica, al sistema político o a las tendencias globales.
Muchos culpan a Dios por sus desventuras. Los más cínicos profesan que
"no es lo que uno sepa sino a quién conozca". Los resignados aceptan que
"lo que ha de ser para uno será para uno, y que si no ocurre, pues no
era para uno, y por algo será, y a lo mejor no me convenía, y ...", o
que "lo importante no es ganar o perder, sino haber tomado parte en el
juego". Toda una serie de diferentes maneras de justificar su
mediocridad que los exonera de toda culpa. Para todos ellos, sus
fracasos parecen siempre ser el resultado de una conspiración en su
contra.
Lo cierto es que es fácil racionalizar
nuestra mediocridad y encontrar culpables por nuestros fracasos, si de
antemano hemos aceptado que la responsabilidad por nuestro éxito y
felicidad personal no es enteramente nuestra. Así que después de muchos
años de esperar vanamente que alguien hiciera algo por nuestra
felicidad, después de muchos años de estar cansados de estar cansados,
después de muchos años de clamar justicia y pedir oportunidades desde la
comodidad de nuestro sillón favorito frente al televisor, después de
encontrar cuanta excusa fue posible encontrar sin que nada cambiara,
hemos llegado frente al mayor de todos los paradigmas sobre la felicidad
y el éxito en el nuevo milenio.
¿Cuál es este paradigma? Muy simple: El
aceptar un 100% de la responsabilidad por nuestro éxito. Esta actitud te
da poder, abre tu mente a nuevas oportunidades y te obliga aceptar el
compromiso ineludible para con tus metas y aspiraciones. Si decides
hacerlo, encontrarás el camino hacia la realización de todos tus sueños.
Bien decía el poeta Amado Nervo, "porque
veo, al final de mi rudo camino, que yo fui el arquitecto de mi propio
destino". De Camilo Cruz
El Juicio de los Necios (Parte I). "Los grandes espíritus siempre se han
encontrado con la oposición violenta de las mentes mediocres."
- Albert Einstein.
"¿Por qué explorar? ¿Por qué aprender? ¿Por qué crear? ¿No es mejor
dedicarse a atender el hambre, la desocupación o la pobreza?
Estas son preguntas que frecuentemente enfrentan científicos, artistas,
emprendedores, innovadores, y también nosotros, la infrecuente casta de
los exploradores.
Quienes buscamos la innovación en cualquiera de sus formas en medio del
marasmo que representa la vida para muchos parecemos superfluos, tan
superfluos como el conocimiento mismo que de alguna forma ayudamos a
construir, pues a nadie debe caberle duda alguna que si quienes buscamos
cosas nuevas somos superfluos, el producto de nuestro trabajo, es decir,
las cosas nuevas, deberían ser superfluas también.
Pero aquí cabe preguntarse ¿es lo nuevo necesariamente superfluo?
La respuesta es muy simple, aunque la urgencia de la situaciones, o
quizás la simple necedad escondida tras la excusa de las emergencias
eternas, no nos permite ver el asunto con claridad.
Crear algo nuevo nunca es superfluo, aunque su utilidad no sea evidente
a simple vista.
No lo es pues en toda creación, invención o descubrimiento hay
características positivas por donde se las quiera ver:
1)- El proceso de creación o descubrimiento es positivo en sí mismo. Es
positivo no solamente para quien desarrolla su intelecto y sus
habilidades de esa manera, sino también para toda la humanidad que se
beneficia de dicho proceso".
Pablo Edronkin
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